Después de terminar la carrera, después de conseguir trabajo, después de casarnos, después de tener un hijo, y entonces después de tener otro.
Luego nos sentimos frustados porque nuestros hijos no son lo suficientemente grandes, y pensamos que seremos más felices cuando crezcan y dejen de ser niños, después nos desesperamos porque tenemos adolescentes con los que tratar.
Pensamos: seremos más felices cuando salgan de esa etapa. Luego decidimos que nuestra vida será completa cuando nuestro esposo o esposa se sitúe, cuando tengamos un mejor coche, cuando nos podamos ir de vacaciones, cuando consigamos el ascenso, cuando nos retiremos.
La verdad es que... no hay mejor momento para ser feliz que ahora mismo.
Si no es ahora, ¿cuándo?
Tu vida siempre estará llena de luegos, de retos. Es mejor admitirlo y decidir ser feliz de todas formas.
Atesora cada momento que vives, y atesóralo más porque lo compartiste con alguien especial; tan especial que lo llevas en el corazón y recuerda que el tiempo no espera a nadie.
Así que deja de esperar hasta que termines de estuidar, hasta que vuelvas a estudiar, hasta que pierdas cinco kilos, hasta que ganes cinco kilos, hasta que te cases, hasta que te divorcies, hasta que tengas hijos, hasta que tus hijos se vayan de casa, hasta que empieces a trabajar, hasta que te jubiles, hasta la noche del viernes, hasta la noche del domingo, hasta que te compres un coche o una casa nuevos, hasta que el coche y la casa estén pagados, hasta primavera, hasta verano, hasta otoño, hasta invierno, hasta que te acomodes, hasta que suene tu canción, hasta que te tomes una copa, hasta que estés sobrio, hasta que te mueras, hasta que vuelvas a nacer, para decidir que no hay mejor momento que justamente éste para ser feliz.
¡La felicidad es un viaje, no un destino!
Trabaja como si no necesitaras dinero,
ama como si nunca te hubieran herido
y baila como como si no hubiera nadie mirando.
(Este texto me lo envió Marcela en abril de 2002 y aún me hace sonreir cada vez que lo leo).